Relatos Eroticos



Mi primera experiencia sexual
Autor : Horacio46

Mi primera experiencia sexual fue cuando niño, con una amiguita de la infancia que vivía frente a mi casa. Yo tenía 12 años y ella 13 recién cumplidos, en realidad éramos adolescentes, al menos acabábamos los dos de ser púberes.

Nos criamos juntos, en un barrio bastante alejado en el GBA, donde había pocos vecinos y no nos dejaban estar mucho en la calle. Los lugares de encuentro con amigos eran la escuela y el Club social, ambos a varias cuadras de nuestras casas.

Ella formaba parte de una familia de italianos llegados hacía años, con dos hermanas mayores. La mayor de unos 22 años era estudiante de psicología y había hecho un curso especial de sexología, toda una revolución para los tiempos, finales de los ´50s.  La hermana del medio, tenía algunos problemas neuropsiquiátricos y a veces debían internarla o tratarla en forma bastante traumática.

Una tarde, mientras yo estaba viendo la tele en mi casa, mi madre me llama y me dice que Mirta llamó para ver si yo iba a su casa a tomar “la leche” con ella que estaba sola. Su madre y hermana mayor habían ido con la otra hermana al médico y ese tratamiento llevaba varias horas, incluyendo el reposo posterior inevitable. Volverían bien entrada la noche. El padre estaba en Villa Gessel donde tenían una propiedad y estaban construyendo otras dos, bastante a pulmón. Esto no era raro ni especial, como dije, nos criamos juntos y las otras chicas eran muy amigas de mis hermanas mayores. Tanto, que de niños, solíamos jugar mucho tiempo, incluyendo el famoso juego del doctor y también a la mamá y el papá. Nadie se sorprendía de vernos juntos, jugando,  estudiando, mirando la tele o lo que fuere. Éramos como hermanos. En el invierno, ir al club se nos hacía difícil, porque los días cortos obligaban a volver de noche y eso no lo aceptaban nuestros padres, de modo que la mayor parte de las veces estábamos juntos en la casa de una u otro.

 

Esa tarde, al llegar ella tenía la merienda casi lista, algo normal y corriente. La tomamos juntos y en el medio de la charla, ella me dijo que habían tenido una charla con gente de un laboratorio, que les habían dado a las chicas del colegio instrucciones sobre la menstruación y otras cosas cercanas a la educación sexual, bastante light por cierto, veo ahora. Mirta había quedado muy inquieta y curiosa con ese tema, y le había preguntado a la hermana mayor y no quiso aclararle nada. – Sos chica, todavía para eso. Fue la respuesta de Pochi, la que se suponía experta en el tema.  Entonces me dijo muy sigilosamente que había estado curioseando los libros y apuntes de su hermana y que le habían llamado mucho la atención, por lo que quería que los viéramos juntos.

 

Mirta era una chica muy inteligente, pero bastante ingenua e inmadura todavía, sobretodo en lo referente al sexo, del que no sabía casi nada. Su 1ª mestruación había sido hacía un par de meses y ella no había hablado con nadie de eso, todo lo que sabía – y era muy poquito – lo había leído en un folleto de su hermana. Circunstancias bastante más comunes en esa época que lo que ahora podríamos suponer. Terminamos de merendar, juntamos las cosas y ella lavó las tasas. Luego fue al baño y al regresar, traía unos apuntes y folletos y un libro sobre educación sexual y sexología. El material, importado casi todo, era muy bueno, con excelentes ilustraciones y – por supuesto – muy osado para lo que ambos podíamos conocer y para lo que en esa época debían tener acceso chicos de nuestra edad.

 

Ella se sentó en un sofá a lo indio, como siempre lo hacía, y como tenía el jumper del colegio, dejaba ver bastante sus muslos. Con algún esfuerzo, había  podido verle la bombacha, cosa que era motivo de chanzas y cargadas de diversa índole entre nuestros compañeros. Ella no lo había notado, o al menos eso creí yo. Yo me senté igual que ella, pero en el piso, enfrentándola, de ahí que el panorama ante mi vista era privilegiado. Tomé uno de los folletos y ahí había varias fotografías, dibujos y esquemas del aparato genital masculino. Ella tenía en sus manos el libro, de una calidad excelente y también lo había abierto en la página donde comenzaba la descripción y funcionalidad del aparato genital masculino. ¿Esto es así…?!!! Me preguntó abiertamente al mostrarme un pene en reposo. Eran muy buenos dibujos, todos tenían un realismo notable.  – Y… sí, le contesté bastante perturbado, -- de alguna manera es así. Le dije eso con poca información y capacidad para explayarme en el asunto.

 

Dejame verlo, me dijo con inocencia y curiosidad.  ¿Quéeee…???  Le pregunté ¿Estás loca, vos…???  Y al modo de una nena caprichosa, empezó ¡Sí, mostrame! Sí, mostrame!

Aquí explica que si se lo acaricia, empieza a agrandarse… ¡Ja…!  ¡Quiero ver cómo es eso…!!! Vos estás mal de la cabeza, le dije medio ofuscado y medio ansioso por ver cómo seguiría eso…  Si se enterara tu vieja o la mía, nos matan a los dos!!! Dije con mucha certeza de que así sería y con la convicción de que por nada del mundo quería que eso pasara.

 

Bueno me dijo ella, por supuesto que no van a enterarse. Mi vieja hoy no  viene antes de las 9 de la noche y aquí no hay nadie en casa. Y con su modo natural de mujercita en ciernes, insistió –Dale no seas malo!!! ¡Mostrame…!!!

Yo dudé bastante, pero finalmente le dije que sólo iba a hacerlo si ella me mostraba a mí su vagina.  Mirta se espantó, primero y dudando, finalmente terminó accediendo. – Bueno, primero mostrame vos…!!! me dijo anticipándome en la iniciativa, sin remedio.

 

Yo me levanté, me paré y comencé a desabrochar mi cinturón y a bajar el cierre del “far west” el jean de moda y quizá el único en aquella época. La carita de Mirta se encendió de curiosa ansiedad mientras yo continuaba en eso, me bajé el pantalón y el suspensor, que llevaba, un calzoncillo bastante usado por los muchachos en ese tiempo. Cuando mi miembro fláccido apareció, ella se sonrojó bastante y su cara mostraba la excitación que esa visión le provocaba, aunque no fue una cuestión erótica, más bien de pudor contenido.

 

A ver, acá están los testículos, no? Preguntó inocentemente apretando el escroto lo suficiente como para producirme una sensación de dolor y extrema sensibilidad. Con una mano corrió el pene para dejar ver el escroto que le llamó la atención. Al ver mi reacción, dando un respingo producto de la sensación recibida, ella se asustó e inmediatamente pregunto --¿Qué te pasó? ¿Te hice mal…?!!!  --Está bien, no te hagas problema, le dije más calmo.  Luego ella fue a los dibujos que tenía y dijo ¿qué es el prepucio? No entiendo cómo es, ¿y el glande, dónde está?

No me dio otra opción y le dije que viera la piel superior del pene y que la recogiera hacia atrás. Al hacerlo, el pene que estaba al  principio totalmente flaccido comenzó a endurecerse y agrandarse, tan pronto ella lo tomó en sus manos para intentar el retiro del prepucio. – Uuuuyyy…!!! ¡Mirá cómo crece…!!!! ¡Ja!!! A esa altura, mi miembro iba tomando forma de una erección que se agrandaba a cada contacto con sus manos.  Ya con más dificultad empujó la piel del prepucio y apareció el glande rosado y brillante, en un pene ya erecto, aunque todavía no había alcanzado la máxima dimensión que iba a tener esa tarde.

Ja…!!!! Esto es genial, cómo creció…!!!!!  Sin quererlo, mi miembro comenzó a tener unos movimientos espasmódicos producto de acciones que yo efectuaba, casi sin control. Uuuyyy…! Dijo con cara de no poder creer lo que veía. Me aparté un poco y le dije:  -- Ahora quiero  ver yo, eh…???  Ella se sonrojó otra vez y dijo:  me dá vergüenza, no me pidas eso…  

¡Noooo!!! Dije entonces, lo prometiste y era la condición para que yo lo haga…!!!!  Rezongando y no mostrando una gran convicción, comenzó a bajarse la bombacha y eso dejó a mi vista su sexo en plenitud. Tenía muy poco vello púbico – yo tampoco tenía demasiado todavía – lo que confirmaba el muy reciente paso a la pubertad.

Al ver eso, sentí un acaloramiento violento en mi rostro y como que mi nariz se hinchaba y mi respiración se dificultaba y agitaba, me excité mucho y eso llevó a aumentar considerablemente el tono de mi miembro erecto.  Yo mismo la ayudé para sacarse totalmente la prenda íntima y de inmediato tomé unos dibujos, de muy buena calidad, y empecé a buscar algunos sitios bien referenciados en el dibujo.  A ver… ¿estos son los labios mayores?  ¿y los menores…? Ahhh… aquí están, no…???  El agujero más grande es la entrada de la vagina, le dije y acerqué mi dedo mayor de la mano derecha… ¿Puedo…??? Le pregunté, queriendo saber si podía ingresar allí.

No, no me metas un dedo, por favor…  me dijo algo compunjida y bastante acalorada.  Pero  ese dedito estaba allí, sin entrar, acariciando los labios y advirtiendo el flujo lubricante que denotaba lo que ni ella ni yo conocíamos, pero que estaba presente: Mirta estaba excitándose, y mucho…  Seguí mirando los dibujos y entonces le digo:  -- Éste es el capuchón, que recubre al clítoris. Es una especie de pene pequeñísimo, dice aquí. Y con mis dedos busqué el sitio y… ¡Vaya que lo encontré…!!!  Al apartar un poco la piel del capuchón, apareció allí un bultito pequeño, que al rozarlo con mis dedos provocó la crispación de Mirta y algo parecido a un gemido que daba cuenta de algo que iba entre placer, dolor y sorpresa. Me tomó la mano para que la dejara quieta y no siguiera rozándole el clítoris, que ya había tomado una dimensión algo mayor, aunque era muy chiquito, pero se distinguía bien nítidamente, a la vista y al tacto.

Al notar su reacción, que era indudablemente – aunque en parte – de excitación, insistí un poco en acariciar ese órgano mínimo, y ella pareció dejarme hacer, aunque mostraba cierta resistencia. Ella inesperadamente tomó mi pene y comenzó a acariciarlo, provocándome sensaciones indescriptibles, que jamás había sentido.

Observé que Mirta cerraba sus ojitos y entreabría la boca mientras mantenía una respiración cada vez más agitada, y continuaba gimiendo aunque con mucha delicadeza. Recuerdo que cambié de dedo y comencé a acariciarla con mi pulgar, mientras con otros dedos le abría los labios y le corría el capuchón. Inmediatamente noté cuánto había aumentado  la humedad en su vagina y que ésta era con un flujo transparente, leve y suave, muy lubricante. Al hacer esto, ella empezó a gemir más y a mover su cuerpo y a agitarse mucho. Mientras tanto ella masajeaba intensamente mi pene, que había alcanzado dimensiones insospechadas.

Lo había leido en el folleto, hablaba del sexo oral y eso me había atraído mucho, me había dejado muy  inquieto y con mucha curiosidad. Ese folleto (una buena traducción mexicana de un trabajo francés excelentemente ilustado) hacía una clara descripción de cómo era el mejor modo de efectuar esa práctica, que por otra parte era algo absolutamente audaz en nuestro medio por entonces. Yo estaba muy excitado, notaba el tamaño inusual de mi pene, duro e hinchado hasta dolerme, que Mirta masajeaba y acariciaba sin cesar, notaba mi respiración agitadísima, notaba mi visión opacada y mi nariz hinchada y la sequedad de mi garganta.  Algún gemido se me escapó  en medio de la cada vez mayor agitación de mi aliento. No lo pensé más, y fui allí a hacerle a esa chiquilina jadeante lo que había entendido de la clara, elocuente, explícita explicación del folleto. Lo primero fue darle un beso en la vagina, pero de inmediato mi lengua empezó a lamerle la vulva y llegué rápidamente a su clítoris ansioso y erecto.  El olor que ella tenía en esa zona – se advertía su pulcritud, sin embargo – era  fascinante, daba un marco de intimidad y sensualidad increíble, inimaginable, totalmente distinto a lo que los muchachos de entonces pudiéramos haber imaginado. Mi lengua fue decididamente a lamer el clítoris y eso le ocasionó un nuevo respingo que la hizo vibrar por entero y gemir en medio de una respiración más agitada todavía y de un movimiento de arqueo de su cuerpo que se puso tremendamente tenso sin dejar de vibrar hasta desplomarse en un grito de placer inacabable.

No me dejó seguir en eso, ella acababa de tener su primer orgasmo y su excitación, el nivel de su tensión y la agitación eran extremas pero también lo era la hipersensibilidad de su clítoris que parecía no poder soportar roce alguno. Seguía agitada y temblando y gimiendo cada vez más lento, cada vez más suave, cada vez más calma.  Pasaron algunos minutos hasta que recobró totalmente su calma y su respiración se normalizó y – al decir de ella – volvió su corazón al pecho. No había abandonado mi pene que seguía entre sus manos excediéndolas en forma evidente, tan impresionante era su tamaño y dureza.

Entonces, aunque yo estaba ya muy excitado y agitado, alcancé a decirle – leíste cómo se le hace sexo oral a un hombre?  Ella no me respondió con palabras, pero aún agitada, tomó decididamente mi pene y lo trató de introducir en su boca no sin dificultad, tal era su tamaño. Lo llevó hasta lo más profundo que pudo, pero se ahogaba y atragantaba. Le tuve que decir que evitara pasarme los dientes cerca del glande, que era muy sensible y me hacía doler. Aunque era absolutamente inexperta, indudablemente, se las arregló para hacerme esa felación sin dañarme, pero la introducción  en su boca no fue mucho más que el glande. Se fue acostumbrando y mi agitación fue en aumento, ella lo notó. Siguió en eso pacientemente con una delicadeza que no le era tan propia a esa muchacha, bastante acostumbrada al juego con un varón, que le daba – a veces, otras no, todo lo contrario – un aspecto algo machona. Yo comencé a sentir algo que no había experimentado nunca, aunque era una reminicencia de algunas ocasiones en que entre sueños, me despertaba con sensaciones intensísimas mientras mi pene algo erecto expulsaba su líquido denso y pegajoso, situación que me traumatizaba bastante porque mi madre notaba, de algún modo que eso había pasado y solía avergonzarme por ello.  Sentí tanto y tan potentemente que me agité al máximo, mi cuerpo totalmente erizado se arqueó cuando con la respiración casi cortada y procurando abrir mi boca para lograr un poco de aire, agitadísimo, sentí que desde el centro mismo de mi ser, una presión incontrolada, un placer descomunal se acercaba y cada vez era más intenso y poderoso. Ella seguía en su santa misión, y yo no podía dejar de gemir y arquearme y sentir, sentir infinitamente un derroche de placer, gemí y grité en el momento en que en el sumun del paroxismo, en medio de un placer inimaginado, un torrente transitó ese miembro duro y violento hasta que expulsó un tremendo borbotón de líquido denso, viscoso, tibio que la atragantó por completo y le produjo una arcada temible.

 

Luego vino otro y otros borbotones que le llenaron y rebasaron su boca mientras ella intentaba salir de ahí, pero tragando todo cuanto había ingresado en su boca.. Yo mismo la ayudé, pero no pude evitar un acto reflejo que se repetía cuando ello me ocurría impensadamente por las noches. Tomé mi pene y apretándolo como si estuviera masturbándome – en rigor lo estaba haciendo – concluí instintivamente lo que debía terminar. El último borbotón, el más intenso y potente, el más placentero, estrelló violento en el medio de sus ojos la última porción de semen, ocasionando un tremendo respingo en Mirta, a causa de la sorpresa que ello le causó.

Nos llevó un buen rato reponernos de semejantes experiencias, nuevas, intensas, impensadas, inimaginables. Nos recompusimos, ella se levantó del sofá y fue al baño. Yo me levanté y fui al otro baño. Me lavé, me sequé y acomodé un poco  mis escasas ropas. Salí del baño y ella aún estaba adentro del otro. Al recorrer el escenario de la batalla recién acabada, ví que allí había quedado la bombacha de Mirta. La levanté y me acerqué al baño para ofrecésela. Me pidió que la dejara en el sofá, que iba a salir en minutos, no más.

Poco después apareció enfundada en una toalla blanca con el pelo rubio y risado mojado. Traía en la mano un secador de pelo y se sentó en el sofá a secárselo. Mientras yo fui otra vez al baño, me lavé, me acomodé el pelo y salí nuevamente, esperando que Mirta estuviera vestida. Pero no fue así. Terminó de secarse el pelo y mirándome fijo con los ojos brillando y el rostro encendido me dijo: --Lo que hicimos debe estar muy mal visto, debe ser algo prohibido y seguramente es pecado e iremos al infierno… ¡Pero fue genial…!!! ¿No?

Le contesté enseguida: ¡Ya lo creo, no me lo hubiera imaginado nunca! ¡Pero todavía no sabemos ni probamos todo…! Hay muchas cosas para experimentar, si queremos hacerlo…!!!

Yo sentí que lo ocurrido había sido por la curiosidad que nos despertó el sexo. Yo pensaba que sólo habíamos explorado nuestros cuerpos y nuestras sensaciones…

Ella se sacó la toalla y me dejó ver su cuerpo totalmente dsnudo, buscó luego la bombacha y se la puso, buscó el corpiño y no lo encontró, entonces volvió al baño y regresó en bombacha y con sus pequeños senos al aire, con el corpiño en una mano. Se lo puso, se dio vuelta y me dijo: -- ayudame a ponérmelo. Lo hice sin mucha pericia, pero lo logré.

Yo terminé de vestirme y luego de acomodar algunas cosas, ya estábamos en condiciones de ser vistos por nuestros adultos. Ya había guardado los libros y apuntes de su hermana, pero igual quedamos comentando esos dibujos y las fotos y los diagramas y explicaciones, demasiado explícitas para lo que nosotros estábamos en condiciones de absorver sin que se diera la situación que sa acababa de dar. Para mí, que era bastante reconcentrado, por cierto, mi pensamiento rondaba sobre cómo sería nuestra futura relación, que hasta ahora era la de íntimos amigos, casi hermanos, después de lo que había sucedido.

 

Seguramente no podría ser la misma, pero cómo iba a evolucionar era una incógnita que no estaba tan seguro de querer rebelar.  La actitud de Mirta en los minutos posteriores era errática. Hacía tiempo ya, que ella no hubiera permitido siquiera que yo  le viera la bombacha por adoptar una pose algo osada, sin embargo, luego de ducharse – tiempo suficiente para pensar y enfriar su mente, pensaba yo – había aparecido ante mí desnuda totalmente y luego en bombacha pidiéndome que le ayudara a prenderse el corpiño. Luego se vistió con el jumper del cole y la camisa delante mío hasta quedar como una colegiala pura y casta. Yo mismo, que había quedado semidesnudo, terminé vistiéndome delante de ella, sin hesitar. Luego, ambos nos quedamos charlando sobre el material de lectura, pero ninguno de los dos se propuso comentar lo que habíamos hecho. Un ratito más tarde, llamó su mamá para avisar que ya estaba en viaje de regreso y tardarían aproximadamente una hora o algo más. Le preguntó si estaba sola y ella contestó que no, que estaba conmigo, lo que pareció haber tranquilizado a su mamá. Mi mamá llamó al rato y tras explicarle lo hablado con la mámá de Mirta, quedó claro que yo cruzaría a mi casa cuando ellas hubieran llegado. Teníamos una hora al menos para pensar  y comentar lo ocurrido, pero no fue lo que hicimos, sino que nos pusimos a ver tele y yo me adormecí. Cuando escuchamos la puerta – que felizmente habíamos cerrado por dentro – ambos estábamos dormidos uno contra el otro, en una pose cómoda, tierna y nada acostumbrada entre ambos.

Saludé a toda la familia, saludé con un beso en la mejilla a Mirta, cosa que no era común pero me salió así, y salí veloz a mi casa, no tenía más que cruzar la calle y saltar la verja, cosa que podía hacer porque mi cuerpo ya estirado, era bastante ágil y estaba en buena forma.

 

Esa noche me costó dormir. No podía sacar de mi mente lo que había pasado y el tremendo e inimaginado placer que había sentido. Supuse y no me equivoqué que Mirta estaría en situación parecida. Recordé la expresión de su rostro y sus gemidos y la vibración intensa de su cuerpo  y eso me provocó una gran erección. No podría lograr bajar esa excitación, hasta que en el baño me masturbé pensando en la experiencia recién vivida.

 

Chau!!

Horacio.


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